La Casa Blanca guarda silencio — y el sector tiembla
Gallego no es de los que lanzan advertencias vacías. En los últimos años, se ha posicionado como uno de los principales defensores de una regulación justa y bien pensada para las criptomonedas en EE.UU., y ahora está sonando la alarma. Aunque la ley está programada para votarse en septiembre, la administración de Biden aún no ha emitido una postura clara sobre una propuesta ética bipartidista que se negoció como compromiso entre republicanos y demócratas. Lo más preocupante: las grandes incógnitas sobre cumplimiento normativo, transparencia fiscal y protección al consumidor siguen sin respuesta.
«Si aprobamos esto sin escuchar a los actores clave —desde el sector cripto hasta los reguladores—, corremos el riesgo de que la ley termine en los tribunales o, peor aún, de que el marco regulatorio ahogue la innovación», declaró Gallego en una entrevista con Financial Times. Y no le falta razón. Mientras EE.UU. sigue discutiendo y retrasando, otros países ya han establecido directrices claras: la UE con su reglamento MiCA o Dubái con un marco progresista. EE.UU. no solo podría quedarse atrás, sino que, además, perdería a las mentes más brillantes y a las empresas del sector, que emigrarían al extranjero.
El sector teme un monstruo burocrático
He hablado con varias personas del ecosistema cripto, y el ambiente es cualquier cosa menos optimista. Una regulación nacional era más que necesaria, pero la Ley CLARITY, tal como está planteada ahora, es demasiado vaga. Términos como «activos digitales» o «finanzas descentralizadas (DeFi)» están tan pobremente definidos que solo generarán zonas grises interminables y burocracia. Kristin Smith, directora ejecutiva de la Blockchain Association, llega a calificar el proyecto como un «monstruo burocrático» capaz de sofocar la innovación desde
sus cimientos.
El problema se agrava en áreas como staking y lending —dos modelos de negocio fundamentales para el mundo cripto, tan básicos como el pan y la mantequilla—. Sin reglas claras, las empresas estadounidenses podrían verse obligadas a trasladar sus servicios al extranjero. Y esto no es una hipótesis: ya hemos visto este escenario en la UE, donde muchos proyectos optaron por Singapur o Suiza por regulaciones más prácticas.
Gallego exige: más tiempo, menos prisas
En lugar de una votación en septiembre, Gallego aboga por extender la fase de consulta. Quiere que expertos, empresas y reguladores trabajen juntos para crear un marco que realmente funcione. «Tenemos la oportunidad de convertir a EE.UU. en el centro global de innovación responsable en cripto —pero solo si lo hacemos bien», afirma. Y no puedo estar más de acuerdo.
Preston Byrne, asesor en blockchain y exconsejero de la SEC, también advierte sobre los peligros de las decisiones apresuradas. «Una ley aprobada con prisas no funcionará en la práctica», señala. «La historia demuestra que las regulaciones financieras mal diseñadas suelen generar consecuencias no deseadas, desde la crisis de 2008 hasta los problemas actuales de los bancos estadounidenses».
Bloqueos políticos: una pesadilla para la innovación
La realidad, sin embargo, es desalentadora: mientras los demócratas en la Cámara de Representantes ven la Ley CLARITY como urgente, en el Senado hay una fuerte resistencia, especialmente entre los republicanos más radicales, que rechazan cualquier regulación adicional del sector cripto. Paralelamente, la administración Biden lleva meses bloqueando la creación de un regulador cripto dedicado. La incertidumbre es insoportable.
Si la Ley CLARITY fracasa o se aprueba en una versión diluida, EE.UU. podría quedar décadas atrás de Europa y Asia. Y eso no sería un problema menor: la capacidad innovadora del mercado estadounidense ya está en entredicho.
Conclusión: calidad antes que velocidad
El debate sobre la Ley CLARITY vuelve a poner de manifiesto la complejidad de regular las criptomonedas. Está claro: el sector necesita normas. Pero también necesita normas que funcionen —y que no ahoguen la innovación—. Gallego tiene razón: una votación apresurada podría llevar a EE.UU. a un callejón sin salida.
La pregunta es: ¿tendremos la paciencia necesaria para una solución sensata? ¿O dentro de unos años nos preguntaremos por qué los mejores talentos y empresas abandonaron el país, mientras otros ya habían trazado caminos claros? Las próximas semanas lo dirán.
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